«Souverain» no es una bandera
Se habla de «nube soberana» como si se marcara una casilla. Detrás de ese término hay una profesión, una ley y un único indicador que lo defina.
Se habla de «nube soberana» como si se marcara una casilla. Detrás de ese término hay una profesión, una ley y un único indicador que lo defina.
Se habla de la nube, de los datos, de la jurisdicción. Pero se olvida que todo eso funciona con electricidad, y que la electricidad depende ahora de capacidades de almacenamiento que no controlamos.
El debate sobre la nube soberana da por sentado que se controlan los servidores. Detrás de los servidores hay chips, y detrás de los chips, una cadena industrial en la que casi ningún eslabón es europeo.
Se habla de «nube soberana» sin tener en cuenta la capa subyacente. Las antenas, los routers, el núcleo de la red: quien los fabrica tiene una clave que el proveedor de la nube no posee.
Se debate sobre la nube soberana mientras dos protocolos son los que mantienen en pie todo lo demás. Nadie les presta atención, y sin embargo cuentan con puntos de control bien identificados.
Cada vez que sale al mercado un modelo de vanguardia, vuelve a plantearse la cuestión. Pero la pregunta está mal formulada: lo que le falta a Europa no es talento, sino una base sólida. Y no todos los usos la necesitan.
Se invoca el RGPD como prueba de independencia digital. Esto supone confundir un derecho de las personas con una política industrial. Dos preguntas, dos respuestas y un nudo que hay que desatar.
El código abierto ofrece una libertad real, pero limitada. La cuestión de la soberanía no se reduce a una oposición entre lo propietario y lo libre: se trata de qué capa depende de quién y de si es posible salir de ella.
Se compara Mistral con OpenAI del mismo modo que se compara OVH con AWS. En ambos casos, se cree que se están comparando dos competidores. En realidad, se comparan dos modelos de negocio.
Uno entra en el capital de una empresa tecnológica estratégica y cree que ha comprado poder. Lo que ha comprado es un dividendo. El poder se encuentra en otra parte: en los estatutos.
Una embajada aplica la legislación de un Estado en un territorio que no es el suyo. Se trata de un modelo que se remonta a varios siglos atrás, que funciona y que aclara qué significa el concepto de «espacio jurídico soberano» en el ámbito digital.